La estructura de la memoria

Los actos fallidos ocurren todo el tiempo. Quieres decir una cosa, pero terminas diciendo algo completamente diferente o incluso contradictorio. Algunas veces los resultados son chistosos, otras veces pueden llegar a ser más serios de lo que podrías anticipar. Especialmente cuando las situaciones requieren tacto y diplomacia, o bien formalidad. De acuerdo con Sigmund Freud, el sagrado padre del psicoanálisis moderno, los supuestos lapsus linguae no son fortuitos sino que al contrario reflejan nuestros deseos y necesidades reales reprimidas.

Sin embargo, he podido observar en repetidas oportunidades, que los errores producidos mientras hablamos no están en lo absoluto limitados al ámbito de la psicosis o neurosis o la mera timidez. Existe todo tipo de lapsus linguae, a muchos de los cuales se les podría dar una explicación mecánica basada en modelos científicos de lenguaje. En relación a esto, existe un tipo de investigación lingüística que estudia el fenómeno de la “punta de la lengua”. Estos ocurren cuando los hablantes tratan de recordar un término, un nombre, un lugar o evento conocido por ellos, pero por alguna razón la información no está disponible. Cuando este curioso suceso ocurre una gran cantidad de información puede venir a la mente, información que está de alguna manera relacionada con aquella que sabemos conocer, pero que tenemos en la punta de la lengua.

De acuerdo con la teoría que está detrás de esta investigación, lo que sucede es que el cerebro, presuntamente debido a alguna clase de falla bioquímica, pierde el objetivo deseado, como un arquero que está teniendo un mal día, y por el contrario le da a lo que sea que esté cerca. Este tipo de investigación puede demostrar ser extremadamente útil en solucionar y planear cómo nuestro cerebro almacena información lingüística y quizás información en general. Por ejemplo, puedo tratar de recordar el nombre de un amigo que tuve en la universidad y se me viene el nombre de George mientras que una pequeña voz dentro de mí dice que no es correcto. Llevándolo al extremo, este tipo de experiencia puede convertirse en algo irritante, algo así como cuando estás apurado por salir de casa y no puedes encontrar tu billetera.

Al contrario de lo que normalmente hacemos, lo que es correr por toda la casa de un lado a otro como una gallina, buscar debajo de la cama, dentro de la nevera e incluso en la caneca, poseídos por un paroxismo que sólo termina en cansarnos y sin dejárnos más alternativa que derrumbarnos derrotados en la primera superficie suave que veamos, deberíamos saltarnos todos los pasos anteriores y sólo derrumbarnos. Es precisamente en el punto de completo descanso que el cerebro vuelve a trabajar por nosotros en su manera infalible, dándonos la respuesta que nos estresó mucho. Llamamos recordar este momento crucial.

Esto me recuerda otro curioso fenómeno reportado por muchos científicos famosos y pensadores de todo tipo, y es ahí cuando alguien como Albert Einstein, por ejemplo, trabaja duro en encontrar una solución a algunos problemas de matemáticas u otro y va por ello todo el día sin incluso estar cerca. Finalmente, cae la noche y el Profesor Einstein se va a dormir, y en su sueño, tiene un sueño y en el sueño, la solución a su problema se expone, agradable y sencilla. Al despertar al siguiente día, corre a su tablero antes de incluso ponerse su ropa y escribe la solución que vio en su sueño, la cual termina siendo perfecta.

No puedo ver otra explicación a esto mas que nuestros cerebros son maravillosas máquinas que hacen todo el trabajo por nosotros, si les preguntamos, y si les damos el tiempo para hacerlo. El elemento del tiempo es clave. En una sociedad donde el tiempo es más y más valioso, porque todo sigue siendo más rápido, el estrés se da por hecho. Y es el estrés el que hace que un arquero pierda su objetivo. Una mente vacía puede ver fácilmente donde quiere ir, mientras que una mente abarrotada al tiempo con mucha información puede necesitar tiempo para desplazarse por el laberinto que se ha creado por sí misma. Algunas veces pienso que es por eso que nosotros creamos los computadores, para así poder dejar de pensar. Quizás ese fue nuestro arraigado deseo. Me pregunto lo que Freud habría pensado.

Pero volviendo a mi amigo de la Universidad, finalmente recordé que su nombre no era George sino Roger. Sobre un análisis científico de tipo lingüístico, cualquiera puede terminar con la misma respuesta: mi cerebro simplemente invirtió las Gs con las Rs. En este caso, el estrés probablemente no fue una razón, así como tampoco lo fue alguna arraigada limitación psicológica mía de la que no estuviera consciente. En este caso, creo que la razón sigue siendo el tiempo, aunque en una dimensión diferente de él. Como todo en el universo, la memoria también tiene una fecha de vencimiento, y mientras se va acercando a ella, empieza a disiparse.

Más que nada en el mundo, las actuales plantas eléctricas de funcionamiento termonuclear necesitan procedimientos de mantenimiento claros y precisos. También es concebible que puedan dejar su deber en cierto punto en el futuro, quizás dentro de algunas generaciones a partir de ahora. Este gigante aparato no puede ser apagado simplemente por un interruptor, son necesarios procedimientos complejos. Y aquí está el truco: la información que futuros científicos y operadores necesitarán para desmontar estos mastodontes no podrá ser almacenada en computadores modernos, porque tienen una vida útil corta debido a los materiales de los que están hechos. Es por esto que los científicos han diseñado una sustancia similar al papel especialmente tratada que es virtualmente indestructible.

Con suerte, habrá lingüistas en el futuro que descifrarán la información escrita en ese superpapel en un idioma para ese entonces obsoleto, o de lo contrario ¡habrá grandes problemas! ¡Bum!

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